Adorando al Rey • Viernes Santo
Viernes Santo

Viernes Santo

El capítulo 1 de Juan empieza hablándonos que Jesús era la luz del mundo, luz que traía esperanza y vida. Y aquí, colgado de la cruz, mientras agoniza por su vida, vemos que la luz se apaga y la tierra se ve conquistada por una terrible oscuridad.

Lo impensable sucede: Jesús, el gran maestro, el hacedor de milagros, colgado de una cruz y ni siquiera intentó defenderse. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Te imaginas a sus discípulos, a su madre y a todos aquellos que sabían que su poder era infinito? ¿Te imaginas lo que debían pensar aquellos que habían contemplado la resurrección de Lázaro por la autoridad de la voz de Jesús? ¿Cómo podía ser, por qué no se defendía?

El cielo tenía un plan diferente. Dios mismo estaba dispuesto a alterar su esencia para salvarnos. Cada vez que leo el versículo 46 se me pone la piel de gallina. Dios, que es inseparable en su esencia, se rompe para darnos la bienvenida a nosotros. En medio de una sociedad que no hace más que cerrar puertas, fronteras y corazones, Jesús revoluciona el mundo y dice: “quien quiera puede venir, mis brazos están abiertos”.

Jesús fue rechazado para que nosotros fuéramos aceptados.

No fue solo con esa frase que vemos que Dios nos aceptó, sino con la ruptura de la cortina del templo. Ya no hacían falta separaciones o intermediarios entre el hombre y Dios.

Sea lo que sea que creas que hoy te está separando del Amor de Dios, recuerda este día y lo que significa. Por su muerte tenemos vida, aceptación y perdón. Ya nada nos puede separar.

Gracias Jesús, desde lo más profundo de nuestro corazón.
Amén.

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